27 de abril de 2010

Despedida, porque tú lo vales

Antonio R. Naranjo

Lo que viene debajo no es mío: es de mi santa o, como dicen los castizos, de mi contraria. La han echado de su trabajo para que yo no haga el mío: como sí lo hago, ella pierde el suyo. Era en la Universidad de Alcalá, y el verdugo es su rector. Produce bochorno: estos progres de salón, moqueta y Audi oficial las prefieren con el velo puesto. Por cierto, la sustituye una joven periodista matrimoniada con un no tan joven periodista de El País, Javier Valenzuela: yo no juego con mi periódico para que nadie mantenga el trabajo que ya tenía; no estoy muy seguro de que otros sí lo hagan para que los suyos lo consigan

"LA MUJER DE...."
Por Celia Iglesias Vilariño

En un mes he descubierto todo lo que puede dar de sí la expresión “la mujer de …”:

“La mujer de … despedida”, vitoreaban algunos nada más conocerse mi despido.

Otro, algo más amable, dice: “La mujer de … excelente profesional y estupenda persona, despedida por la ambición de su marido”.

“La mujer de … Adiós a la Topilla”. Por lo visto, “la mujer de…” padece de desdoblamiento de personalidad y ha terminado siendo La Topilla , es decir, también es la mujer de… El Topo, un personaje creado por “el de la mujer de…”.

“A la mujer de … se le ha visto con currículum en mano por Alcajob -feria del Empleo de la Universidad de Alcalá”, anunciaban algunos.

“La mujer de… la que se pasea con su CV, es también la mujer del butanero…” . “La mujer de …” encima tiene la mala suerte de serlo de alguien que se apellida Naranjo, de ahí orange, de ahí naranja, de ahí el color de las bombonas de butano”. En fin, los comentarios que le siguen los voy a omitir por soeces, pero en nuestro país son sobradamente populares los chistes sobre el butanero.

Tambien hay quien se alegra de que “la mujer de… pase ahora más tiempo en casa”.

“La mujer de…” también es la compañera, mujer, amante o madre de los hijos del de la mujer de… Este último no lo tiene del todo claro.

“La mujer de …” no tiene nombre, aunque todos parecen conocerla muy bien. Resulta además que “la mujer de…” parece que sí llevaba 12 años trabajando en la Universidad de Alcalá, o con anterioridad en su Fundación. Pero para los que han bautizado a “la mujer de…” -muchos de los cuales por aquél entonces no habían llegado a la Universidad-, esto ha sido posible porque siempre fue “mujer de …”. Y si “la mujer de… “vuelve a encontrar trabajo, no será por su experiencia, por conocer bien su trabajo, sino por “ser la mujer de…”.

Lo más sorprendente es que “la mujer de…”, ni tan siquiera es oficialmente la mujer de nadie. Salvedad ésta que creía innecesaria, pero que no lo es en el caso de aquellos que te otorgan valor por esa condición de “la mujer de…”.
Evidentemente, aún padecemos un retraso educativo en cuestiones de igualdad, heredado y mantenido. Una cuestión que me desconcierta aún más cuando se hace evidente en un marco universitario, de donde saldrán -se presupone- algunos de los jóvenes que nos gobernarán. Donde, también se presupone, se encuentran algunos de los sabios de nuestro país.

La cuestión es si a las mujeres no nos queda más alternativa que el silencio, la mirada para otro lado, esquivar el conflicto y rendirnos ante la evidencia de un trato como poco injusto. De lo contrario, también encontrarán argumentos y los mismos que te tratan como “la mujer de” serán los que te tachen despectivamente de feminista o de oportunista.

“La mujer de…” efectivamente no tendrá forma legal de demostrar que ha sido despedida -se trata de un cese-; ni represaliada por ser “la mujer de”, aunque no son pocos los que encuentran argumentos para la marcha de “la mujer de… por ser la mujer de… por ser la Topilla” y que confirman con sus testimonios dicha represalia; y agraviada -esto sí, es un dato objetivo, pero que de poco sirve, pues duele por lo que tiene de personal-.

Poca defensa tiene “la mujer de…”, que transcurrido un mes en boca de todos, al menos echará mano de las pocas opciones que le quedan o le dejan: este blog, una queja formal ante las asociaciones de periodistas y una carta a la Ministra de Igualdad, que tal vez tenga las claves para explicarle por qué aún hoy muchas mujeres sólo son “la mujer de…”, independientemente de cómo hayan hecho su trabajo.

Musikini

Como el cuerpo sólo me pide desparramar un torrente de verdades encadenadas (ofensivas como deben ser las verdades) bajo el título "¿por qué no te callas?" y protagonizadas por seres que habitan entre Sol y Callao, he decidido morderme la lengua -de momento- con la intención de envenenarme un rato (¡veneno qué bueno!), y mientras, para que algunos lo gocen, poner aquí un pokito de musikini güena güena...
Lo último de Muchachito, lo último de Howe Gelb, y un pedazo de tema de El Chojin quien por cierto presenta un magnífico libro el próximo 10 de mayo titulado "Rap, 25 años de rimas".
A disfrutarlo!!!!!




Uneven Light of Day ("Alegrías", Howe Gelb & A Band of Gypsies) from eureka music on Vimeo.


17 de abril de 2010

Ni por Alá, ni por Pako Pil

Imagino conoces el caso de la niña del I.E.S. Camilo José Cela de Pozuelo de Alarcón que, por negarse a quitarse el 'hiyab' fue apartada de clase por indisciplina. Dejando a un lado el derecho a recibir educación de la niña (que habría que discutir si fue violado porque se le dio clase, aunque apartada de sus compañeros) y su pasión por Dios, el centro ha actuado de forma correcta.

He oído a algunos decir que no pueden obligar a Najwa a quitarse el velo porque forma parte de su identidad y eso es racismo. No contestaré con el fácil y racista argumento de "allá donde fueres, haz lo que vieres", que también lo he oído, sino con el reglamento de régimen interno del centro que prohíbe estar en clase con la cabeza cubierta:
El artículo 32 dice: "En el interior del edificio no se permitirá el uso de gorras ni de ninguna otra prenda que cubra la cabeza".
Es decir, Najwa puede llevar su pañuelo y "someterse a su Dios", según sus propias palabras, en el patio, como el resto de chavales pueden someterse a la moda bakala y llevar gorra. Ahora bien, dentro de clase, debe someterse al imperio del conocimiento y dejar a Alá a un lado, igual que sus compañeros tienen que dejar a Paco Pil a un lado y quitarse su gorra de Pokis, Chonis, Bakalas, Hip Hoperos, o cualesquiera moda sigan que les haga llevar gorra.

Las reglas pueden gustarnos o no, y si no nos gustan se puede pedir su cambio (algo que se ha hecho) pero son iguales para todos, y no pueden doblarse porque los casos particulares crean antecedentes.
Y mucho menos pueden obviarse cuando quien pretende socavar las reglas es una religión. Porque entonces esa religión, respetable, compartida o no, deja de ser una secta (según la definición de la RAE) para ser un grupo de radicales integristas que atentan contra el estado de derecho.

13 de abril de 2010

Una preguntita

Antonio R. Naranjo

No es tan difícil, pero en estos tiempos de trincheras lo más sencillo se retuerce para despejar el balón sin dar una respuesta. Una semana después de conocerse el contenido del sumario Gürtel, Rajoy no ha tenido a bien explicar aún por qué ha pagado una pensión a Matas y la defensa y su salario a Bárcenas: lo demás no importa tanto, ya se encargará el juez o el votante, pero de esto sólo podía hacerse cargo él.

Tampoco se conoce una explicación medio decente de Tomás Gómez sobre la imputación de su número dos, la ex alcaldesa de Torrejón de Ardoz, en una permuta de terrenos que dañó a su municipio, benefició a una empresa privada y contó con el rechazo de los técnicos municipales, desoída: es verdad que al PP madrileño le interesa especialmente destapar una cloaca enemiga, pero los juicios de intenciones no invalidan ni tapan la carga de los hechos.

A José Bono le tienen gato determinados medios de comunicación, que no soportan su porte, o sus victorias, o su cara, o todo. Y sí, es posible, sacan la escopeta que guardan para otras piezas mayores para matarle como al Camborio sus cuatro primos Heredia. Pero podría explicar, al resto, cómo ha logrado amasar un patrimonio inmobiliario tan jugoso como difícilmente compatible con los emolumentos reconocidos en un larga vida de trabajo: la mayoría de la gente hace lo mismo, y no le da para pagar una simple hipoteca.


En la lista cabe Aznar, que ha explicado en Sevilla cómo debe combatirse la corrupción sin aclarar primero por qué han acabado imputados todos los amigos de su yerno, capaz de convertirse en el tiempo que a otros les da para acabar una carrera en un auténtico capo europeo del fútbol, la televisión, la banca y los coches de carrera: nada que el talento aliado con la suerte no permita, pero la coincidencia entre la agenda de Agag y el sumario de Pedreira reclama al menos una ligera aclaración.

También puede explicarse, si quiere, el nuevo rector de la Universidad de Alcalá. Todo tendrá respuesta, y será sin duda muy decente. Pero antes de conquistar el mundo desde el trono cisneriano, no estaría mal que aclarara el camino seguido por su familia, la de su principal colaborador, la de sus ayudantes o la de los amigos constructores o políticos de cualquiera de ellos para vivir en y desde la misma institución a la que tantos quieren llegar y tan pocos llegan. Y cuál es, con balances, incrispción registral y reparto exacto de dividendo, el entramado empresarial preciso de la institución pública que dirige.

Antes, creo, había un código compartido con unos límites aceptados por todos que no podía excederse: por delante de la línea estábamos todos, así; y quien la cruzaba se quedaba solo. Hoy tenemos cómplices o gorilas, que tapan el crimen como Harvey Keitel en Pulp Fiction o matan al inocente para evitarse el problema, con un único punto en común: háganles la pregunta más sencilla y verán cómo se enredan en la respuesta más compleja.

La democracia, en fin, se ataca y se salva de la misma manera: defendiendo o impidiendo el silencio más leve, sin más. Respondan, pues. Y pregunten.

11 de abril de 2010

¡¡¡Billarato!!!

¡Menudo rovo! ¡Qué bergüenza! ¡Baya desfachatez! ¡Indijnante!
Voy de un diario deportivo a otro como vaca sin cencerro.
Paso la vista de titular en titular y no doy crédito.
Después del 0-2 de ayer nadie me cuenta la verdad. Y mira que hasta he ido a la web de Iker Jiménez con interés, esperanzado en que él ayer en su Milenio 3 sí hubiese contado la verdad, lo más parecido al Madrid Barça que he encontrado es no se qué de una sábana y un Messias, pero era otro, uno con barba y pelo largo no uno pequeñito con cara de pillo.

¿Y cuál es la verdad? Evidente para cualquiera que viera el 'clásico'.

En el primer Gol Messi se lleva el balón con la mano y hay fuera de juego posicional. En el segundo Gol Pedrito engaña a Arbeola haciéndole creer que se desmarcará a un sitio y luego sale pa'otro y eso es claramente amarilla porque es como tirarse en el área (¿dónde está el honor?). Y Alves debió ser expulsado que dio mucha leña y Puyol también, este por feo.

El Gol anulado al 7 (Amén) fue legal. Valdés deslumbró con la calva a Van deer Vart en el gol que falla (por eso va rapado). El árbitro debió echar a Guardiola porque es demasiado elegante y además gesticula mucho. El árbitro dijo que descontaba 4' y descontó 3:55"...

¿Me entienden? Una vergüenza, una vergüenza...

Todo esto parece increíble, pero no descarten escucharlo en alguna tertulia deportiva, que viendo lo que hay por ahí no sería de extrañar. Y hablando de prensa deportiva, una recomendación para reírse de ella: La libreta de Van Gaal, un divertido blog que últimamente anda centrado en desacreditar al director de Marca (cosa extremadamente fácil).

Por cierto, leas lo que leas, hoygas lo que hoygas y veas lo que veas, el motivo de la derrota del Madrid es:

10 de abril de 2010

GARZÓN

Hace ya varios años, estaba comiendo en un conocido restaurante madrileño cuando de repente escuché aplausos en la sala. Me giré y vi que desde la esquina avanzaba hacia la salida un hombre que acababa de abandonar la mesa, y al que otros clientes, al reconocer, comenzaban a aplaudir. Era Baltasar Garzón, ya por entonces juez estrella.
Nunca he hecho informaciones relacionadas con Justicia, pero en una redacción es inevitable escuchar comentarios. Y algunos de mis colegas que entienden más del asunto no son muy amables cuando hablan de Garzón; sobre todo cuando se refieren a su "habilidad" para instruir los casos. Yo, que siempre he estado muy pegada a la tierra -natural, me crié en el barrio madrileño de Canillas, en una casa baja con puerta a la calle-, me quedo con lo "macro": Garzón es un señor cuyo nombre relaciono con la lucha contra los narcotraficantes gallegos, con la batalla legal para acabar con el terrorismo, por meterle el miedo de la Justicia en el cuerpo a Pinochet, y por meter mano a uno -más, pero grande-de los casos de corrupción política en nuestro país.
Hubo un tiempo en que en España estaban en la cárcel, por corrupción, el señor que dirigía la Guardia Civil y el que firmaba los billetes del Banco de España. Me daría mucha vergüenza ver a un Juez -con mayúsculas- como Garzón sentado en el banquillo. Si hoy estuviera en ese restaurante y me lo encontrara, yo sería de las que se levantan a aplaudirle.

Sara Medialdea

2 de abril de 2010

Semana Santa

Reconozco aquí que no tenía la menor idea de que anualmente son varios los reos que en España reciben indulto de sus condenas gracias a las peticiones que elevan las hermandades y cofradías religiosas llamadas penitentes.

Bien, el hecho anecdótico de que hayan pillado a uno de estos reos por los que se ha intercedido con un kilo de cocaína no me parece especialmente relevante, simplemente son cosas que pasan, pero lo que no acabo de entender es qué demonios -aunque quizá esa no sea la mejor expresión aquí...- pinta una organización religiosa consiguiendo indultos para presos juzgados y hallados culpables. Yo respeto el derecho que todos tenemos de pedir, es gratis y un ejercicio consustancial con nuestra naturaleza, perfecto, pero ¿Que se lo concedan? ¿En base a qué? ¿A que un hombre, que supuestamente vivió hace dos mil años, tuvo entonces la posibilidad de ser indultado por aclamación popular pero se cometió la injusticia de “soltar a Barrabás”? Por favor, que alguien me diga que no tienen nada que ver con una tradición mítico-religiosa, porque en un estado que se denomina Laico, lo último que debería pasar es que un grupo -bienintencionado, seguro- de adoradores de una deidad equis tengan derecho a ofrecer gracias a convictos.

Quisiera que nadie se llevara a engaños, yo respeto enormemente la religión cristiana y creo firmemente en el derecho del individuo de profesar la fe que le ha tocado por haber nacido en uno u otro entorno, o- en algunos casos también- que ha elegido libremente. Dicho esto, no deja de ser curioso que España se sienta ciudadana de primer orden, que se autodenomine “civilizada” y culturalmente avanzada; que sus ciudadanos se rían de las prácticas religiosas vudú de lo haitianos, de la santería cubana, de los distintos ritos africanos, etcétera, y sin embargo entienda como normal y lógico que una cuadrilla de hombres cargue imágenes de dos toneladas y media en las que se ve, o bien a una mujer que llora, o bien a un hombre semidesnudo cubierto de sangre. Que, como cumplimiento de una promesa a su Dios, haya personas que caminen kilómetros de rodillas, que otros se azoten a si mismos, o que arrastren pesadas cruces para solidarizarse con el padecimiento que sufrió Jesús. En la religión católica/ cristiana un hombre -siempre un hombre- vestido con trajes de la Edad Media, obra el milagro de transformar vino en la sangre de un Dios... sangre que luego se bebe... se encienden velas a diversos santos para que sane un ser querido o para aprobar un examen para el que no has estudiado demasiado -yo mismo lo hice alguna vez- Se celebra con una escenografía estéticamente impresionante la muerte de un hombre y su resurrección. La Semana Santa es un espectáculo precioso y lleno de sentimiento y pasión, es parte de la cultura española, reafirma una identidad y filosóficamente es un canto a la esperanza... pero dejémoslo en eso, que no indulten los beatos ¿vale?

  El Chojin

1 de abril de 2010

El país de las últimas cosas

Antonio R. Naranjo

Tiene algo el momento de El país de últimas las cosas, la apocalíptica novela de Paul Auster que descubre la esencia del infierno y la sitúa en una extraña ciudad a la que se llega en tren o barco pero no se puede salir: en ella hay clubes de suicidas, corredores que trotan hasta morir, clínicas de eutanasia que se quedan con tu vida a cambio de dos semanas de experiencias sensoriales excelsas, explosiones inexplicables en plena calle, plantas de reciclaje de cadáveres para hacer combustible y, en fin, una miriada de miserias, crueldades y bajezas con un matiz crucial. No se percibe mano divina, todo parece provocado y construido por el hombre, como si el autor neoyorquino quisiera retratar con una imagen algo distorsionada la realidad cotidiana que nos rodea.

Aquí las azafatas posan desnudas para cobrar el sueldo que les debe el presidente de la Patronal; un presidente autonómico busca tres millones de euros para esquivar la cárcel acusado de corrupción; un rector complutense gasta más dinero al parecer en pisos de lujo para los amigos que en residencias decentes para los alumnos; el presidente del Observatorio contra la Violencia defiende su derecho a portar armas disfrazado de Charlton Heston; el líder del país en cuestión tira propinas de rico en Grecia o Haití mientras sus calles se llenan de pordioseros y el aspirante a sucederlo demuestra, cada día, que la mejor forma de llegar a su meta es no hacer nada en el camino.



Hay más: políticos secesionistas o impúdicos que deciden sobre el todo para beneficiar a la parte con tanto arrojo como falta de sonrojo; presidentes de clubes de fútbol que copian sus discursos de Karacik; sindicalistas que entonan la Internacional mientras esquilman las arcas públicas con la complicidad de gestores políticos que han confundido la obligación de custodiar la caja con el derecho a utilizarla como un ludópata compulsivo; líderes autonómicos que multiplican por 17 todo sin saber sumar uno y uno; obispos que esconden los abusos infantiles y transforman el delito en mero pecado; jueces que esconden o sacan la maza al berrido político y dejan coja y tonta a la ciega... y una larga lista de despropósitos que, sin embargo, ya nos parecen normales.

Auster sitúa en su infierno en la tierra a Anna, una joven impulsiva que acude voluntariamente a la ciudad sin nombre a buscar a su hermano, perdido desde hace meses. Y desde allí, sin necesidad de revelar el desenlace, escribe una carta a su antiguo novio explicándole qué se ha encontrado y cómo está sobreviviendo: no está claro que su testimonio llegara al destino, pero a cambio acabó en las manos de millones de lectores que, tras disfrutarlo y padecerlo, miramos hacia arriba y luego hacia los lados intuyendo, tal vez, que el país de las cosas olvidadas podía ser perfectamente el nuestro.